“Vas muy rápido”, me dijo, y terminó de quitarse el sostén. Bailaba con una sensualidad casi posada, entreabriendo la boca para que pudiéramos ver su lengua húmeda. Ella no quería quedarse desnuda, ella quería bailar. Éramos como dos columnas y aquel demonio nos miraba con ojos de asesina, como miraría un viejo perverso, o el pirómano a la casa que se cae a pedazos lamida por sus llamas. Era la conciencia de la piedra que alteró aguas calmadas. Y eso le gustaba.

Luego jugó. Jugó a que le lamiéramos los pechos, a rozar su vientre en nuestra espalda, a decirnos “vas muy rápido” y meter su mano en los rincones. Jugó a mirarnos temblar, a detenernos. Jugó a matarnos de hambre y a correr el riesgo. Bebió un profundo trago de ron y me miró como un gato. Bebí de su boca, suspirando por cada hilo de alcohol que se fugaba hacia su cuello.

Cuando inhalamos la tercera raya de cocaína, ella estaba ya completamente desnuda. Y nosotros, ciegos, la mirábamos con las manos, como si la estuviéramos construyendo en ese mismo momento, o como si quisiéramos robárnosla a pedazos. Ella gemía entre risas. Su boca era una algaraza, hasta que no podía más y el rostro se le descomponía. De sus labios salía aquel quejido tibio, largo. Y luego volvía a reír. Como si el banquete se supiera envenenado y mirara a los caníbales con cinismo mortal, disfrutando cada dentellada. Hubo mucho ruido.

Seguía desnuda, abrazada a sus rodillas y nos miraba allí, vencidos, llenos. Ella no volvió a vestirse nunca.

Horas antes, la había visto entrar en el bar con sus tacones altos y su cartera diminuta. Llevaba un jeans ajustado y una camisa blanca de botones. Se sentó a nuestra mesa con una sonrisa y diciendo “mucho gusto”. Bebimos las cervezas. Dijo que sus amigas eran aburridas, que nunca había consumido coca y que le encantaría terminar la noche alumbrados por un ron en mi casa.

Más tarde, cuando amanecía, caminamos los tres por mi calle, tomados de la mano, muriéndonos de risa.

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