Leer un libro es como una buena cogida. Así de simple. Y existen libros que pueden dejarte con los ojos extraviados, las piernas temblorosas, la respiración entrecortada, las mejillas ruborizadas, la piel ardiente. Autores que te hablan bonito y te obligan a pedir más, más y más hasta poder lograr un orgasmo literario. Personajes que lloras y odias como cualquier amante traicionero. El vaivén de la historia suele parecerse al vaivén que logras con tu cadera y tus muslos al ritmo del autor (o de tu seductor de turno).

Pues, si voy a hacerle la comparación a una cogida con la lectura del libro, veremos si libro esta batalla lo más dignamente posible. Me encontré con el libro por puro chambre; como la vez que me conecté con César a través de un chat en una red social. Fue casualidad. Nos conectamos, nos gustamos, llegué a su casa y sin más preámbulo que un par de besos llegué hasta su cuarto. Al ritmo de reggué cogimos. Ni muy-muy, ni tan-tan. Aquello no pasó a más que un encuentro voluntario sin ningún buen recuerdo (pero tampoco malo, eh). Entonces, por puros chambres me encontré con este libro. Mi preámbulo fue: “Tiene a todas las mujeres locas”. Bien, vamos a ver, vamos a leer qué tiene este.

De un estante tomé un ejemplar y, según lo que decía la contraportada, aquello no era más que la reproducción de la imagen de hombre-donjuan-seductor-rompecalzones-arrancasuspiros que los de Disney se han encargado de deformar. Mi error fue esperar algo más, un Cyrano de Bergerac o al Conde de Montecristo.

El chambre me llevó hasta el cuarto de este libro, hasta la intimidad de sus letras.

Tenía que hacer un largo viaje y me pareció que las 400 y tantas páginas serían aliciente para matar las horas. Aquí el tamaño importa. Sí, el tamaño me importó. Esto me llevó a recordar a Miguel. Un tipo con el que tuve un período sexual prudencial. Él tenía un pene chiquito. Mi dedo meñique de la mano derecha puede ser lo más cercano posible para ilustrar la longitud de su falo. Ojo, el sujeto en cuestión resolvía con otro miembro: la lengua. Ha sido el mejor sexo oral de la vida. Miguel lograba llevarme a estados de éxtasis impresionantes, embriagantes. Luego, hizo el símil de los orgasmos con la producción de sonido de un instrumento musical. El tipo ejecutaba el cello. Sabía que entre más grande el orgasmo, más aguda era la nota. Alcancé el nivel de una soprano en un par de ocasiones. Probaría, pues, que si este libro no me resultaba con sus 400 páginas DEBÍA tener algo más que resolviera y satisficiera mi hambre sexual-lectora.

A un libro, igual, se le debe “hallar el lado”. El autor tiene, sobre sí, la extenuante tarea de que si no te entra por un lado, deberá buscar el hueco que aún quede por llenar con sus letras. El que no lo hace, no está escribiendo más que para sí. Esto me transportó a Roberto, el primero con el que cogí. Desconocía la cancha y él trató (por todos los medios, por todas las posturas) que yo lograra sentir “Eso” especial que dejara huella imborrable en mi memoria. Lo único que recuerdo es que fue el primero, y nada más. Uno le entra así a un libro, como virgen, desconoce las maniobras y posiciones de la narración. No sabés cómo te querrá poner y ni si vas a disfrutarlo por estar pendiente de saber si estás en la lectura (postura) correcta.

Finalmente, comencé la lectura. Debo aclara que quien escribió el libro que tengo en mis manos es una mujer. Veríamos si me lograba seducir.

A la tipa se le ocurre ilustrar a un personaje de lo más caricaturesco. El tipo tiene plata, frío, calculador, tierno (a la vez) y monógamo momentáneo. Posee un factor extra que James Bond JAMÁS ha logrado asumir: sabe de las artes del sexo duro y sado/masoquista. Aquí (en esto último) estaba la clave. Habiendo tantos puntos que te pueden llevar hasta un orgasmo, ella se fue por el clítoris. La autora describe cada escena sexual de manera torpe, sin soltar el clítoris. Sé que un orgasmo se logra de diferentes formas como mujeres hay en el planeta, pero ella se fue por ahí. Pasea por el lóbulo de la oreja, por los pezones, el cuello, los muslos, los pies, los labios, el ombligo, pero se estaciona donde ya escribí.

Para una mujer que tiene más de seis meses sin un polvo “por casualidad” y ni una relación estable, este libro resulta el perfecto ejemplo de cómo se ejecuta el “efecto placebo sexual” (si es que lo hay).

A la historia aún no le he encontrado el chiste, de verdad, pero sí debo decir que sentí un escalofrío cuando hubo que imaginar a los protagonistas en su revolcamiento sexual. Es decir, la autora (E.L. James) aún no ha logrado que yo abra las piernas de par en par y pedirle, suplicarle que me haga suya, que tome mi cuerpo y haga con él lo que quiera.

Pero, mientras tanto, puedo deducir que hay un tanto de mujeres que están húmedas con cada página pasada y que por eso es tan famoso “50 sombras de Grey”: tiene a una buena porción de la población femenina agarrada del clítoris.

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