Cuando lo conocí me enamoré de él. Esos enamoramientos eternos que duraban semanas, o acaso meses. Amores de caprichos venteañeros.

Bailamos una vez, en aquellas fiestas de escándalo, de hormonas desatadas, como si al día siguiente no había que levantarse, dar la cara. Trabajar. Apretados, calientes, como si por fin algo sucedería en esa cama triste, sábanas rahídas de un gato sin dueño.

“Soy bi”, me susurró al oído, en medio del sudor apretujado de nuestra concupiscencia. “¿Cómo bi?”, me pregunté.

La mayoría de hombres bisexuales no tiene remedio, me dijo el psiquiatra. Según las estadísticas terminan siendo homosexuales, añadió. Hasta hoy, me pregunto por qué diablos iba a perder el tiempo… Ah sí, por las pastillas.

Más o menos entendí el asunto. Más o menos. Aunque comencé a sacudirme la inocencia un poco tarde -a los 20 y tantos- tampoco es que supiera mucho. A esas alturas, muchos de mis compañeros de trabajo ya habían intentado, por las buenas o por las malas, llegar hasta donde yo no lo permitiera. Viejos, jóvenes, feos, regulares, casados o solteros, o comprometidos que para los efectos prácticos eran solteros.  Yo no soy bonita, solo era joven. Sólo un par, literalmente, un par, sacaron partido de su astucia y mi curiosidad, vulnerando la decencia en un elevador atascado a propósito, una tienda de campaña o un motel de mala muerte calle a Mejicanos.

A este último le vi la cara el resto de los 10 años subsiguientes, aunque quien se moría de la vergüenza era él, quien hubiera jurado que yo ya no era virgen. La verdad, le agradezco el favor.

Pero no quiero hablar de mi, que resulta muy aburrido. A nadie le interesan historias de una post-colegiala enredada en un mundo de gente grande, maleada y divertida: un diario. Algún día, me prometí, escribiré un poema por cada carta de amor y odio que me escribieron.

Quiero hablar de mi amigo.

Pasó el tiempo y esas juergas sólo cambiaron de lugar, de protagonistas, de domicilios. Cada quien tomó el camino que le correspondía: nada más exqusito que el azar, la sorpresa, la valentía de saberse… perdido.

Tras el cataclismo, supe que tenía que salir, de nuevo , de la casa de mis padres. Que yo no cabía más allí, no sólo porque mi padre fue de esos que espantaban los “novios”, aunque en realidad nunca llegaron a serlo: o muy casado, o muy militar… Uno sano, sin vicios ni remiendos en el alma resultaba demasiado fácil. Las lobas como yo gustan de rondar solitarias, trotar en la penumbra, oler el aire y rastrear una presa. Morder y no soltar. Aunque en realidad lo que quiere es ser mordida, sometida, en silencio.

Y mi amigo también lo necesitaba. Dolía demasiado el amor de una madre que castigaba con la esperanza de un milagro. Escapamos al mismo tiempo, como si fueramos novios, lo cual hubiera sido un alivio para nuestros padres. Porque no: a nadie dimos explicaciones, quizás sólo a la corredora de bienes y raíces. Nos inventamos un matrimonio de chiste, y quizás el único que sigue soñando con nuestra historia es el vigilante del condominio, que se habrá preguntado por la extraña amistad entre mi esposo y un visitante, frecuente y nocturno.

Allí comencé a seguir el hilo de aquello que me dijo el psiquiatra, sin aspavientos. Me asomé a la ventana del sexo, al amor, a la amistad gay, no sólo de mi esposo moderno sino de sus amigos y amigas, algunos de los cuales conservé tras la irremediable separación.

Entendí que ser gay en El Salvador duele, más que el rechazo de una madre devota. Porque al final, todos buscamos amor. Desde luego que para alcanzar ese estado idílico, hay que besar muchos sapos para que acaso uno pueda tomarte de la mano y darte un espejo.

Eran tiempos pre-Facebook, donde la calistenia amatoria empezaba en el MSN o en el ICQ, y trascendía a un Pops Metrocentro, a una mano sudada, a una visita a La Pradera. Así me enteré cómo las zorras viejas cazaban pollos tiernitos… Yo, en mis penurias de intelectualoide incomprendida no pude más que dejar escapar un suspiro al recibir flores para mi falso consorte.

Se acabó la peseta y él se fue a estudiar al extranjero. Yo hice mía una de esas amistades prestadas y hasta hoy es la Albacea de mis males. Vivimos juntas el tiempo necesario y suficiente para no odiarnos.

Ambos nos fuimos. No nos hemos reencontrado más que una vez, cuando cocinó una cena especial y yo presenté al padre de mi hijo, entonces en camino. Él me presentó a su novio, joven y lindo, con el único problema de ser joven y lindo. Nos escribimos, nos hablamos, nos enviamos besos y risas.

Insisto: ser gay en El Salvador debe ser muy duro, el reino de la doble moral, los juicios paralelos, el chisme y el insulto, donde se castiga ser distinto, se burla, se apuñala por la espalda. Eso me cuentan otros amigos que ahora viven en otros países, emparejados con anglosajones; no tiene la vida perfecta, pero sé que son amados, que son deseados, cuidados. Porque nadie se mete con ellos, porque tienen estatus marital y hasta migratorio, porque han ganado familias en lugar de dedos a acusadores.

Supe que se casó. Si lo sabe Dios, que lo sepa el mundo.

También te amo, amigo.

*Escrito por Albacea de tus males

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