Esta semana recibimos el correo de una lectora anónima que nos compartió la experiencia placentera que vivió al encontrarse por primera vez con nuestra revista web. Ella también nos autorizó a que difundiéramos a continuación su escrito.

Instamos a que sigás su ejemplo y nos compartás tu manera de vivir la sexualidad.

Podés hacerlo escribiéndonos al correo editores@cincocerosex.com.

De momento, les compartimos las excitantes letras de nuestra lectora anónima, cuyo pseudónimo es IBERIA:

Seek & enjoy!!!

Moría del aburrimiento en una clase en línea de la maestría (pues, no me alcanza el dinero para irme del país y huir de la casa con esa excusa), cuando decidí perder mi tiempo en Facebook, hasta que encontré un post de una tal página CincoCeroSex. Después de tirarme una carcajada –gracias a la copia porno de las modelos salvadoreñas– y encontrar entre ellas a una excompañera del colegio (de la que desde los 11 años se veía venir su futuro alebrestado), seguí riendo y decidí darle una hojeada a la página web. Pensaba que era una página machista más, pero encontré artículos para mujeres y empecé a sentir esa tensión en mi cuerpo al ver las fotos del actor de ‘Cincuenta Sombras de Grey‘. Pensé: ‘o es una mujer con un gusto exquisito la que escribe esto o un gay con mejor gusto que muchas mujeres’.

Anonadada viendo sus fotos empecé a mojarme. Nunca he entendido de dónde sacan esa idea de que las mujeres no somos visuales y no nos encendemos rápido. La visión de ese espécimen que aún a través de la pantalla puedo oler su testosterona siguió encendiendo mis motores. Solo me imaginaba sentándome encima de él; y sin previo aviso, empezar a tocar con fiereza su paquete, para sin permiso y en el menor de los tiempos, sentirlo dentro de mí (porque yo solo me siento completa cuando siento a un hombre dentro de mí, poderosamente reclamando su lugar en mi vida).

Mientras pensaba eso y mi vagina se empezaba a inundar, seguía a lo lejos la voz de mi maestro en línea. Lancé una carcajada mientras pensaba si alguien en el aula virtual se imaginaba lo que la única mujer de la maestría hacía mientras escuchábamos sobre historia de la banca central. Seguí dentro de la página, cuando encontré la sección “Letras”. ¡Fue oro para mí! Porque lo que me excita son las letras pornográficas, no los videos. Me excito mientras leo, imaginando manos dentro de mí, penes fuertes dentro de mi boca, penes penetrándome con ímpetu, barbas rozando mi cuello y lenguas entrando en mi boca.

Encontré una historia que narraba cómo ella era masturbada casi en público y empecé a sentir en mi vagina fuertes dedos de hombres poseyéndome, haciéndome gemir y sacando a relucir lo más femenino de mi esencia. Mientras leía, devoraba cada letra, recordando lo librante que puede ser no disimular el placer y entregarse a las expresiones que el cuerpo puede hacer mientras un hombre te toca cómo quiere y con la autoridad de aquel que sabe que está con una mujer que no le da pena aceptar y le gusta demostrar lo mucho que disfruta con una buena barba.

Seguía mojada, seguía leyendo. Quería desesperadamente ir al baño a masturbarme pero esperé al receso de la maestría. Pasaron los minutos y en el baño, al bajarme el jeans, sentí como mis jugos estaban a punto de derramarse. Mi clítoris estaba pulsando, mientras me masturbaba parada, con mis largos dedos moviéndose fuerte dentro de mí, intentando imitar el movimiento de un decidido pene. Porque yo no soy fanática de un pene largo, sino fanática del ímpetu con el que el pene reclama su lugar. Mientras tanto, mi otra mano masajeaba de un lado al otro mi clítoris. En menos de un minuto empecé a temblar del placer mientras sentía a mis dedos ser apretados por mi vagina y más me mojaba ante una explosión de placer. Recordé que estaba en el baño del pasillo, entre mi cuarto y el de mis papás. Con 24 años, recordé que soy hija de dos personas muy conservadoras, que según ellos sigo siendo una niña que no conoce tales cosas, como los ímpetus de la carne. Así que tuve que callar los gemidos de los tres orgasmos que sentí gracias a mis manos. Mi cuerpo temblaba de placer y mi mente alborotada imaginaba que mi show era visto en privado por mi guapo nuevo jefe (soltero y de 32 años, tampoco hay que meterse en matrimonio ajeno) y que después de mi espectáculo imaginaría como sería que él me cogiera.

Salí del baño con la mejor cara posible. Fui a la cocina y me serví mi cena, mientras regresaba a clase, pero en realidad vine a escribir esta nota. Porque ante todo, creo en expresar la vida mediante las letras. Desconfíen de esas mujeres como las que hay en su lista de las presentadoras y sus gemelas porno. Luego de la experiencia de muchas conversaciones, un colegio exclusivo solo de mujeres y todo combinado con una universidad en la que casi solo éramos mujeres en el año, he llegado a clasificar a mi género como ‘las que se hacen y las que no’.

Mi conclusión es que las que gritan “¡cogeme!” son las que más se tardan en encenderse. Le tienen cierto hastío a una sesión de sexo y solo quieren coger bajo sus condiciones y no cuando la calentura hace que las manos sean las que exploran al otro sin previo aviso. Esas escandalosas no conocen plenamente el gusto de tomar con una mano los huevos de un hombre y con la otra empezar a masturbarlo, mientras lo mirás a los ojos, emborrachándote con su mirada de placer; y elevarte al infinito con sus gemidos de placer mientras lo sazonás a tu gusto (por cierto, hombres, por favor no se callen en el sexo. Pocas cosas son más excitantes que sus guturales gemidos).

Las calladas, las que no parecemos, las que andamos un libro en la cartera –y que evaluamos a los hombres por su mente–, las que más bien nos toman por inteligentes, estudiosas y poco diestras para el sexo, somos las que no le hacemos el feo a una buena cama. Tenemos la certeza de ser mujeres. Queremos disfrutar como mujeres y hacer disfrutar a un hombre, mucho más que esas que lo intentan gritar a los cuatro vientos.

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