La comida estaba llenando de olores el ambiente. Era un domingo como muchos otros que comenzó con planes a medio terminar.

Ajo picado, cebolla caramelizada, aceite con romero, sal con menta para marinar el pollo que costaba partir en piezas, tocar cada hongo para asegurar su frescura, pasando la comida bajo la nariz del otro para despertar sensaciones. El domingo comenzaba a tener sentido entre la comida.

Se respiraba de todo. Hervía de todo, en la cocina y en sus cabezas.

Ella picaba dientes de ajo para los camarones recién comprados. Buscaba el aceite entre los botes y decantadores que tenía al lado de la cocina.

Él abría y cerraba la refrigeradora, metiendo y sacando las compras, ordenando ingredientes, separando hierbas, apartando lo que haría a continuación y haciendo ruidos de satisfacción al oler cada cosa.

Le puso una mano en la cintura para apoyarse y lograr alcanzar el bote de sal gruesa que estaba casi escondido detrás del aceite. Sintió la reacción de sus caderas con el contacto; pero no le puso atención.

Ella sacó un trocito de camarón frito de la sartén y mientras soplaba lo caliente, se lo puso en su boca y él masticó haciendo un gesto de aprobación. Cada uno regresó a su esquina para seguir en lo suyo.

–Casi está listo. Solo bajaré el fuego para mantenerlo caliente –dijo ella, lavándose las manos en el lavaplatos y tomando una manta para secarse.

Él la vio de reojo y sonrió.

–¿Qué pasa?

–Nada. Que hueles toda a ajo –dijo, mojándose los labios con la punta de la lengua mientras seguía lavando unos cucharones de madera.

–¿Ah sí? … Pues yo no siento –le contestó, apretándole la nariz.

Él de inmediato se apartó y le tiró un poco de agua, mojándole parte de la cara y el cuello.

Usó la manta para secarse, tratando de tomar con su mano otro poco de agua para mojarlo; pero él se adelantó con un segundo ataque que la dejó peor que el primero.

Cuando ella hizo el gesto de unir sus manos para llenarlas de agua, él la sujetó, cruzándolas por su espalda, lo que dejaba completamente olvidado el tema de platos y comida.

Ella trató de soltarse, por la incomodidad de tener los brazos hacia atrás; pero él ya tenía otros planes. Con una mano le sujetaba las suyas y con la otra usaba un dedo para seguir las gotas que escurrían de su cabello, luego de la segunda mojada.

Persiguió cada gota hasta delinear por completo su cuello.

Puso su mano detrás de la cabeza y le pasó la lengua en los labios. Una y otra vez, haciendo círculos de rico sabor.

La sujetó de la cintura para ayudar a sentarla sobre la mesita donde escurrían los platos. Ella se sentó con las piernas abiertas para darle la bienvenida al banquete que quería.

Él le acariciaba una pierna con cada mano, llenándolas de sal con olor a menta, como si fuera un exfoliante y agradeciendo la falda corta que parecía estar de acuerdo con él.

Ella pasó detrás de su cuello la manta con la que se secaba las manos para evitar que dejara de besarla. Echó su cabeza hacia atrás para apoyarla en la pared del lavaplatos y dejar que él terminara de salar su piel como quisiera.

–¿Te gusta? –preguntó él, en voz baja.

–Me gusta tu olor. Me gustan tus manos.

Silencio.

Abrió el grifo para quitarse la sal de las manos, terminó de levantar su falda y apartando su ropa interior, usaba el dedo pulgar para provocarla. Jugaba con sus dedos, adentro y afuera, una y otra vez, mientras le lamía los labios, saboreándola con hambre.

Ella perdía el sentido de realidad con cada movimiento de esa mano deliciosa que le quitaba la sed. Donde estaba sentada veía la sartén a fuego lento sacando tanto vapor como ella.

Lo agarraba del cabello, se sujetaba de sus brazos, le metía las uñas en la espalda, jadeaba, estaba perdiendo la razón y él parecía no agotarse, moviendo sus dedos como un concierto para cinco cuerdas.

Comenzó a besarle debajo del primer botón de la blusa cuando ella llegó a su punto de ebullición. Él abrió de nuevo el grifo, se mojó una mano, la pasó en su cuello y luego en el de ella para bajarle un poco al fuego y evitar un incendio con lo que seguía en la cocina.

La besaba con labios, dientes y lengua; en su boca y en toda la cara. Seguía con una mano en su cintura para acercarla y la otra tocando sus piernas llenas de sal y hojitas de menta.

–¿Qué hacemos con eso? –preguntó ella, sin que le importara mucho estar cubierta de condimento.

–Si ya estás sazonada, solo queda comerte.

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