Le habían asignado una nueva oficina en su lugar de trabajo. No tenía vista al jardín como su antiguo cubículo; pero al menos tendría privacidad gracias a una puerta que sí funcionaba y a la persiana que cubría la pequeña ventana que daba al parqueo.

Esa mañana salió de casa un poco más temprano para una reunión con su nuevo equipo de trabajo. Entró por el pasillo lateral para no llamar mucho la atención y llegó a su oficina todavía con cajas en la alfombra y dentro del diminuto baño personal, que le resultaba la mayor ventaja de todas de su nuevo lugar.

Una de sus antiguas compañeras de trabajo se acercó para saludar. Habían coqueteado algunas veces en la estación de café, pero nada serio. Él siempre encontraba la manera de hacerle ver que eran inventos de ella y que realmente no había ningún tipo de tensión entre ellos.

Tocó la puerta hasta escuchar ‘adelante’, abrió y cerró por dentro. Puso llave.

Él seguía colocando adornos en su escritorio y sacando libros de las cajas cercanas. La saludó sonriente como si fuera un encuentro casual. Comenzó a contarle lo que pensaba  decir en la su primera reunión con su nuevo equipo hasta que se dio cuenta de que hacía un monólogo. Volvió para preguntarle qué pensaba sobre su discurso cuando la vio apoyada en la puerta, mirándolo fijamente y desabotonándose el abrigo de invierno.

Se quedó callado pensando que algo malo le ocurría o que iba a criticar su discurso. Le hizo un gesto para pedirle de nuevo su opinión. Ella respondió con media sonrisa, terminó de quitar el último botón y se quitó el pesado abrigo, quedando en un hermoso conjunto de encaje negro, todo transparente: sostén, bragas, liguero y medias hasta medio muslo, con un par de lacitos negros para adornar donde se unían todas las piezas.

Dejó caer el trapo con el que sacudía los libros que iba sacando para ponerlos sobre la repisa, se tronó los dedos por los nervios y se acercó a ella. Le acarició el cabello, le puso las manos sobre los hombros, le apretó un poco el cuello y se mojó los labios con la lengua, saboreando esa imagen contra su puerta.

Ella optó por darse la vuelta y apoyar sus manos contra la puerta. Dejó ver su trasero al aire en ese diminuto encaje negro que le atravesaba las nalgas y apenas sostenía el liguero que parecía a punto de reventar. Él la tocó como si fuera una aparición: dudoso, con miedo, incrédulo, preguntándose si cerraba los ojos un momento, todavía seguiría ahí.

Se agachó para seguir sus manos en el recorrido de la tentación hasta los pies. Separó un poco el encaje negro, volvió a mojarse los labios y comenzó a besarla. Cada segundo le parecía una hora en su heladería favorita. La besaba suave, fuerte, con y sin dientes, con y sin lengua, con y sin dedos. Ella dándole la espalda sentía su propio aliento sobre la madera de la puerta. Lo único que podía hacer, era disfrutar esa lengua en el centro de su universo.

Sin dejar que se diera vuelta, tomó sus manos contra la puerta para morderle un poco el cuello. Ella lanzó un gemido que los hizo reír; pero le hizo señal que bajaran el volumen porque escuchaba los autos de la gente que llegaba para su reunión dentro de 10 minutos.

Tapándole un poco la boca –con riesgo de quedar lleno de lápiz labial– bajó la otra mano para seguir  su… trabajo.  Lo hizo tantas veces y de tantas formas hasta sentir que ella comenzaba a llegar. La tomó de las manos y la puso contra el escritorio, se metió en ella con tanta habilidad que no se soltó ni una liga. La sujetó del cabello y pensó darle un par de nalgadas cuando recordó el ruido que podía escucharse desde afuera.

Escucharon tacones y todo tipo de zapatos pasar por el pasillo frente a su puerta y tomar asiento en la sala de espera. Ella se volvió  para decirle que parara, que ya no aguantaba, que estaba a punto de gritar. Las piernas le temblaban y no estaba segura de aguantar más.

Se dio la vuelta para sentarse sobre el escritorio, botó las pocas cosas que acababan de ser puestas ahí. Él volvió a entrar con más fuerza y más rápido. Había visto la hora y tenía dos llamadas de su secretaria en el teléfono fijo y otras dos en el celular.

Sujetándola del cuello para ayudar a sostenerla mal sentada sobre el escritorio que deberá volver a ser limpiado, escucharon a la secretaria llamar a la puerta. Tocó, lo llamó licenciado, lo llamó por su nombre, volvió a tocar…ella le puso una mano en el pecho para sugerirle que detuviera su trabajo; pero era demasiado tarde. Solo pudo aumentar la frecuencia y el ritmo. Solo pudo besarla un poco para que su alivio se lo tragara ella y no se escuchara afuera.

Tomó el teléfono para pedirle a su secretaria unos papeles del archivo y lograr distraerla de la puerta.

Ella levantó su abrigo de la alfombra y se lo puso, tomó algunos libros de la caja más cercana, abrió la puerta y salió fingiendo dar las gracias por las recomendaciones literarias.

Él se asomó un poco por el marco y le hizo señas a sus colegas que saldría en unos minutos, que se encontraran en la sala de reuniones en lugar de su oficina, ya saben, por la comodidad del espacio.

Volvió a cerrar la puerta para tratar de acomodarse la camisa dentro del  pantalón, escanear dónde había quedado su corbata y meter los papeles en un nuevo folder para que no se notara como si alguien se hubiera sentado en ellos.

Share Button