Ese lunes fue asueto por ser el Día de la Independencia. Nos quedamos en casa para descansar de trabajos, familias y disfrutar algunas películas.

Cuando entré del jardín, luego de arreglar un poco la terraza, lo vi sentado frente al ordenador, escuchando un poco de blues, mientras buscaba películas por internet.

La canción era ‘Don’t answer the door’ de BB King, una de las más machistas y deliciosamente sexy que he escuchado.

Lo vi en su pijama (una camiseta gris y un bóxer negro), todavía descalzo y la barba más desaliñada que el cabello.

Lo vi tan tranquilo que me provocó estresarlo un poco… Caminé hasta ponerme detrás de la silla y tocarlo sin hacerlo: sintió que estaba detrás de él; pero no dijo nada, solo intentó tocarme las piernas.

Me tomó de la mano y me sentó sobre él. Me acarició los muslos, la espalda. Me apretó la cintura y luego contra él mismo.

Me tomé todo el tiempo del mundo para tocarle aquella barba desaliñada y acercar mi boca a la suya. Apenas nuestros labios rozaron, sentí un poco de electricidad en mi piel.

Con mis pies comencé a acariciar sus piernas mientras seguía tocando sus labios con mi lengua. Lo saboreaba como si mi tacto solo dependiera de esas lenguas que salieron a jugar juntas.

Repasé mi lengua por todo el rostro, le besé los ojos, le mordí las mejillas, le mordí su barbilla, saboreé su piel, que despertaba con cada beso.

Me tocó con toda su lentitud. A veces pasaba solo los pulgares por mis caderas, a veces cambiaba a los dedos medios para mi cuello y espalda; y otras, con las manos completas, me daba algunas nalgadas.

En ese enrollado de cuatro piernas, me levanté un poco para sacarle el pene del bóxer. Me vio como consultando si iba a buscar protección; pero lo besé de inmediato para decirle que no, que no había problema. Volví a sentarme sobre él, bajando despacio, sintiéndolo adentro, humedeciéndonos el día.

Me movía tan lento que la silla no tuvo tiempo de crujir. Mi pelvis iba y venía haciendo círculos perfectos y números ocho que comenzaban donde terminaban. Él con sus manos en mi espalda solo seguía la cadencia de varios números ocho seguidos, hasta que comenzó a jadear.

Era demasiado rico para terminar y estaba dispuesta a esperar la noche con esa actividad en un día de asueto.

Me levanté y lo conduje a la cama. Se sentó, apoyándose en el respaldo y repetimos la posición de la silla, pero más cómodos. Podía estirar mis piernas y él pudo sujetarme las manos en la espalda para impulsarse cada vez más dentro de mí.

Ahora podía sentir su barba en mi pecho, cuello y hacerme cosquillas en mis senos, que respondían poniéndose rosados.

Quise acostarme, pero me pidió quedarme arriba. Por alguna razón, ese hombre desaliñado quería estar abajo y le di gusto. Me abrazó y me mordió cuanto quiso. Disfrutó mi cabello en su cara tanto como yo disfruté montarlo y encargarme de hacerle el amor con tiempo de sobra.

No recuerdo nada más. No recuerdo si almorzamos, pero sí tengo muy presente que nos comimos. Con mordidas y a besos. Nos comimos con las manos y las miradas. Su aliento en el mío fue lo mejor de ese día de asueto.

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