Yo soy algo necia. No del estilo que no pide ayuda en alguna situación grave o que implique perdida de dignidad. No, a mí me cuesta retractarme de mis palabras cuando le he llevado la contraria a alguien solo por molestar, pero estas fueron las palabras más deliciosas que me tocó (hasta se podría decir literalmente) tragarme.

Fue con un novio con quien tuve una reacción explosiva inmediata. Tenía tanto poder en mí, que al verlo, se me escapaban risas que intentaba disimular. Pero en realidad era el desahogo de mi nerviosismo lo que que se apoderaba de mí cuando lo tenía cerca.

Un estilo de sarcasmo de su parte, su inteligencia y una mirada chispa me cautivaron. Además de poseer mi estilo físico favorito: alto, ancho de hombros pero delgadísimo y con una eterna barba de tres días. Amarramos en cosa de dos semanas.

Él tenía una seguridad que hizo que terminaran mis inhibiciones y decidí quitarme con él las ganas que tenía atoradas desde hace años. Descubrió primero un lado que ni yo –para ese entonces- me conocía y poco a poco empezó a pavonearse con unos “sé que te pongo loca cuando te toco”, “conmigo has descubierto que tu deseo es más fuerte de lo que sospechabas”. Como quien se siente orgulloso de lo que ha hecho, como quien se pavonea de una conquista. Yo detesto que alguien se dé cuenta -rápido- del torbellino de sentimientos que me puedo manejar en mis adentros.

A lo que mi necedad, deseo -u orgullo- de no parecer totalmente conquistada no respondían ni sí ni no. Solo ponía mis mejores ojos sarcásticos, los que combinaba con una sonrisa que quería decir “la guerra no acaba aquí” y le daba un beso rápido para callarlo. No le quería demostrar que me fascinaba. Sí, orgullo total.

Nunca era yo quien iniciaba las caricias. Claro, no oponía resistencia cada vez que buscaba tocarme. Pero digamos que él no era la persona más directa para esos asuntos.

Tres meses después, viendo su cara seria mientras él terminaba un trabajo de la universidad di por acabada la guerra, pero lo haría en mis términos y sin previo aviso. Mientras él estaba concentrado escribiendo su ensayo, yo daba por terminado un dilema interno.

Decidí tragarme mis palabras y dejar de tener la eterna actitud de querer ser conquistada. ¡Chis! Si total ya se notaba lo mucho que me gusta coger.

¿Cuál era el problema de empezar a tomar la iniciativa? ¿Qué podía perder? ¿Que el dejara de tener interés en mí solo porque yo iniciara el sexo?

¿Qué problema podría haber en demostrar que mis hormonas también están bien puestas y bien activas? Llegué a la conclusión de que era más probable que se lo tomara por halago.

Al cazador le llegaba la hora de ser la presa.

Llegué por detrás y empecé a besarle una de mis partes favoritas en los hombres, esa esquina de la quijada en la que se convierte en cuello. Me sonrió como quien agradece un cumplido sencillo –así que el estimado no había captado para dónde iba, bien dicen que los hombres no captan indirectas– y me besó la frente.

Hice que se parara y seguí besándolo con más intensidad. Una sonrisa coqueta empezó a formarse en su rostro, pero seguía sin captar. No me tocaba tanto. Mejor metamos más lengua en los besos pensé –remedio chino e infalible– para ver si activaba algo abajo.

Unos 30 segundos después:

¡Gol de chilena! Empecé a sentir como crecía su motor. Desde abajo seguí raspando mis labios en todo su cuello pero esta vez al sentirlo duro, inmediatamente empecé a meter mano. Nunca había sido tan directa. Sin pedir permiso lo empecé a tocar por todos lados.

– ¡IBERIA!
– Sí, algo pasa –ojos inocentes–. Tengo la ligera impresión de que todo anda bien.
– Sí, pero qué mosco te picó. No sos tan directa…

Callémoslo mejor, pensé. Un par de segundos después y su masculinidad estaba descubierta. Con mi mejor intento de sonrisa coqueta lo vi y empezó a recibir la primera mamada de mi parte. El pobre, de la sorpresa, casi se atraganta. Yo totalmente amateur en ese campo improvisaba lo mejor que podía. Entre más gemía, más sospechaba que todo iba bien.

Se puso más duro y yo sentía que me mojaba cada vez más. Vaya sorpresa, me podía mojar mucho mientras era yo la que dirigía la acción.

Al fin y al cabo, también él es una persona de armas tomar. Minutos después hizo que me parara y procedió a desnudarme. Me acostó en su cama y sin medir palabra, me penetró con fuerza. Ese gemido, al penetrarme de un solo, ha sido de las mejores tonadas que le escuché. Sin decir que se sintió como el mismísimo cielo.

Tomó mi mano y con ella hizo que me empezara a tocar, mientras él me penetraba –ve esto también es nuevo–. Empecé a temblar cuando llegué al orgasmo. Luego escuche (y sentí dentro de mí) cuando, unos segundos después, él se rendía al suyo.

Compartimos en silencio esos minutos en que el cerebro queda sin pensamiento, mientras sentís las últimas olas de placer, relajación y recuperás la cordura.

Un poco más compuesto comentó: “no me molestó para nada, pero cuál fue ese mosco que te picó? Digo, para que te pique más a menudo”.

Solo reí, lo besé, sonreí al contestar: “decidí darte la razón. Sí, me traés loca. Era hora de que te lo demostrara ¿o no?”

Una risotada de victoria obtuve como respuesta. También a veces hay que dejar ganar a los hombres.

Como decía el guapo de Cerati (el cuerpo de Gustavo es mi tipo de cuerpo favorito de hombre):

“La imaginación
…

Esta noche todo lo puede


Te llevaré hasta el extremo


Te llevaré


Abrazame


Este es el juego de seducción”

 

Hay que honrar la memoria del guapo y talentoso argentino…

¡Jueguen a la seducción!

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