Estoy tocando a tu puerta. Imagino que estás dormida, tirada sobre tu cama, cansada después de una larga jornada en tu trabajo, así que no oíste que tocaba.

Entré y me dio ternura verte allí, acostada. Parecías tan tierna que cualquier otro que te ve, no se daría cuenta del demonio que hay dentro de tí.

Trato de no hacer ruido para no despertarte y busco la sábana para tirártela, y que no te dé frío. Pero de pronto me doy cuenta que abres un ojo y medio te sonríes, como si quisieras que no me diera cuenta que estás despierta. Así que decido seguir tu juego.

Me quito los zapatos y me meto contigo bajo la sábana. Estás loca si crees que estoy listo para dormir. Al contrario, comienzo a besar tu espalda y oler tu cabello. Tienes el mismo aroma que siempre recuerdo de aquella tarde, cuando por primera vez estuvimos juntos.

De repente, noto que te ha dado un escalofrío, pero insistes en hacerte la dormida, así que sigo recorriendo. Siempre me han gustado tus nalgas, así que también las beso e intento darles una mordida, pero entonces te mueves y desisto de ello. No quiero arruinar el juego y que despiertes ya. Esto apenas empieza.

Con mis manos comienzo a tocar tus muslos y noto que está subiendo tu temperatura. Llevas ese cachetero que tanto me gusta, así que no voy a quitártelo. Con mi mano llego a tu sexo y trato de hacer a un lado la prenda interior, para poder darte placer con mis dedos. Vaya, parece que no estás tan dormida. Comienzas a estar húmeda y abres un poco las piernas para que yo pueda entrar con mayor facilidad.

Tu piel está chinita y comienzas a jadear, así, como me gusta…

Ya me di cuenta que no estás dormida. No necesito que me lo digas, pues ya sentí que tu cuerpo se estremece. De todos modos no necesito que hables ni que abrás tus ojos. Prefiero sentirte y tus gemidos me deleitan.

Mis dedos siguen jugando dentro de ti y cada vez estás más húmeda. Comienzas a apretarme y siento como está por venir tu primer orgasmo, mientras yo tengo un nudo en mi garganta y me enciendo cada vez más.

Ya no estás boca abajo en la cama. Te has puesto de lado y tanta humedad ha desatado mi sed. Te doy vuelta y me meto bajo las sábanas, porque estoy decidido a quedarme con un poco de tu sabor en mi boca.

Debo decir adiós al cachetero. Así que levantas tus caderas para que salga más rápido y yo te lo quito tan pronto como puedo, mientras voy metiendo una almohada bajo tus caderas. Debajo de las sábanas pareciera que nos alistamos para una guerra, tu vagina y mi boca. Paso mi lengua por tus muslos y voy llegando a tus labios, así que los mordisqueo suavemente. Te gusta. Lo sé.

Voy lento, lo disfruto, pero tu quieres más y metes tu mano bajo la sábana para tomar mi cabello y empujarme hasta tu sexo. Lo deseas y quiero complacerte, así que mi lengua ya está lamiendo el néctar que sale producto de un nuevo orgasmo, y tú solo te muerdes los labios. Yo quiero que grites, pero creo que sigues jugando a hacerte la dormida. Es tu juego y me gusta. No lo puedo negar…

Mi lengua llega a tu clítoris. Justo lo que quería tocar. Tu reacción me vuelve loco, pero me confunde. Es una mezcla entre “quiero más” y un jaloneo de “no soporto más”. Pero te sujeto de las nalgas y te las aprieto. No te dejaré escapar.

Pareces en éxtasis y estoy muy excitado. Con una mano sigo casi aruñando tu nalga derecha, mientras que con la otra busco uno de tus senos y comienzo a jugar con él. Está erecto, con la piel chinita, como un volcán a punto de explotar, y quiero meterlo en mi boca. Pero antes quiero que tengas otro orgasmo con mi lengua, así que apuro mi ritmo y comienzas como a morir. Por fin creo que vas a gritar, pero te sigues aguantando, aunque estoy seguro que no soportarás más…

Has explotado tres veces ya y se siente genial. A eso me refería con tu demonio interno, porque sé cómo te pones en estas aventuras donde hacemos lo que queremos y nos dejamos llevar.

Poco a poco saco mi lengua de tu vagina y siento un rico sabor, aunque lo admito, está casi dormida, pero sé que ha valido la pena. Me pregunto si querrás más y me doy cuenta que sigues en tu juego, con tus ojos cerrados y apenas gimiendo a media luz. Esperas que actúe y lo voy a hacer.

Voy subiendo mientras beso tu vientre y tu ombligo. Tus senos siguen erectos y quiero morderlos. Voy a morderlos quedito para no “despertarte” y que sigas pensando que este es un sueño que aún no quiero acabar.

Sé que ahora esperas que te penetre y que te dé duro, pero tengo una sorpresa más. Rodeo tu cintura con mi brazo derecho mientras voy besando tu cuello y te dejás llevar. Y tan rápido, sin permitirte reacción, te doy vuelta y otra vez estás con tu cara contra la cama, con el pelo alborotado. Por un momento quieres abrir los ojos y olvidarte de que estás dormida, pero te mata la intriga y quieres saber lo que viene.

Como puedo me quito la ropa sin dejarte de besar la espalda y presionarte contra la cama, para que no te muevas de esa posición. Estoy excitado, mi pene está duro y grueso y solo pienso en lo mucho que me gusta tu forma de ser y cómo me enredas en estos tus juegos de chiquilla inocente.

Con mi mano izquierda te tomo del pelo y antes me inclino lo suficiente para decirte al oído que espero que esto sí te despierte. Con mi mano derecha te tomo de la cintura y levanto tu cadera hasta que quedas con la frente contra una almohada y tus nalgas al aire, con ese culo pequeño, pero que otras veces tan rico has movido para deleitarme.

Sabés lo que viene, lo puedo percibir. Sé que te gusta porque aquella primera tarde lo hicimos así y desde entonces me dijiste que te gusta y es lo que te quiero dar. Me pongo detrás de ti y abro un poco tus piernas para tener más espacio. Paso mis manos por tus nalgas y te pego una nalgada que casi te hace gritar, pero te resistes y prefieres moder la almohada para callar…

Entonces soy yo el que no puede más y te penetro, así, de torito, como tú le dices. Mi pene te provoca placer, puedo sentirlo porque estás gimiendo otra vez, pero esta ocasión es distinto, ya no tratas de hacerlo a media voz, sino que es cada vez más fuerte, con mucho placer.

Muerdes la almohada y por primera vez en la noche te oigo hablar.

“Así, quiero más”.

Entonces te tomo de la cintura y resulta placentero ver cómo nuestros cuerpos chocan. Notas que jadeo y que voy bajando el ritmo, así que tomás el mando y comenzás a empujar vos también. Yo me quedo quieto, pues hoy sos vos la que mandás. No estás sumisa, como creí. Siempre has tenido el control y estás dispuesta a utilizarme para darte placer.

Tus nalgas se mueven y comienzo a perder el control, así que pienso en algo más. Rápidamente me salgo de tu cuerpo y así como estás, de espaldas a mí, te arrastro hasta la orilla de la cama y te pongo contra ella mientras yo estoy de pie. Eso me da más firmeza y más fuerza. Nuevamente te comienzo a dar, esta vez más duro… y más… y más.

Al fin has roto el silencio definitivo y estás gritando de placer. Un nuevo orgasmo estremece tu cuerpo y me dices que estás lista, que me venga ya, así que no te hago esperar y también grito de placer, mientras con una mano aprieto tu nalga y con la otra te tomo del cabello con una fuerza que pareces no notar.

Nos tiramos nuevamente sobre la cama y me das un beso tierno en la boca que traduzco como un gracias. Luego cierras tus ojos y sonríes de manera pícara. Te das la vuelta y vuelves a topar tus nalgas contra mi abdomen.

Creo que vamos a volver a empezar.

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