…la respiración agitada, las palabras a medio decir, los labios secos de respirar por la boca.

La precisión de él. Le gustaba esa posición, porque lo apretaba por los costados con sus piernas y jugaban a dejarse sin aire.

Sintió una contracción en el vientre. Desde arriba y muy adentro. Un revoltijo de entrañas mojadas que se hacían nudo en su cuenco de piel. El aire subía de su estómago, hacía un giro en el pecho y salía por la boca directo al techo. Intentaba rehidratar sus labios con la lengua, pero estaba concentrada en partes de su cuerpo más internas e importantes. Estaba en el lindero del placer.

Abrió las piernas un poco más, apretó los párpados y sintió un corrientazo eléctrico en la espalda.

Apretó con sus manos las sábanas amontonadas y también lo apretó a él por dentro, tensó las piernas, cerró los ojos para dejarse llevar por sus nuditos y su espalda se separó del colchón para convertirse en el arco del triunfo. El gemido de alivio sonó a perfección haciendo juego con su sonrisa. Necesitaba ese orgasmo para volverse a encontrar con él.

Guillo se quedó sostenido con sus brazos, viéndola desde arriba, como el águila del cuadro que tienen sobre el comedor porque no cabía en otra pared de su pequeño apartamento. La vio todavía con sus ojos cerrados, el maquillaje lavado sobre la almohada por el sudor y sus dientes perfectos gracias a la ortodoncia de adolescente (pero que ella nunca comenta porque le recuerda a su madre).

–Abre los ojos –Sugirió Guillo, con voz de regaño.

–¿Para qué? –Respondió, sin diluir la sonrisa

–Para ver lo que hiciste con la pobre almohada…

– ¡El maquillaje! Jajaja… ¿se corrió mucho? Es que no me has dado tiempo de nada…
Optó por no mencionar lo molesta que estaba y se limitó a decir “Tu almohada es un desastre”

Un desastre como tu cabello, cariño –Contestó María, acariciando los rizos mal cortados de Guillo sobre su frente. Últimamente jugaban a cortarse el cabello el uno al otro pensando en ahorrar para moverse a un apartamento más amplio.

Se dejó acomodar por ella los trozos largos que se salvaron de las tijeras y, vencido por la tensión de los brazos, bajó su peso sobre ese otro cuerpo que seguía guardándolo dentro. Como esperando. Todavía empapado del último orgasmo que casi tienen al mismo tiempo.

– ¿Estás más tranquila? ¿Ya te pasó el mal rato? –Preguntó entre besos y recordando lo que los llevó a ese momento: una tremenda discusión si debían tener primero el bebé o un nuevo apartamento donde caber los tres.

Sin dejar de acariciarle los mechones tronchados y devolviéndole los besos, María llegó a una conclusión: “vendrá primero lo que deba pasar y ya está”.

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