Sí, pregunto cuánto dura un polvo. Y no solamente un polvo, sino un polvo bueno, un polvo memorable.

Yo tengo uno que me ha durado siete años y no, ni siquera es uno que he echado con mi marido. Se trata de mi último polvo de soltera, para el cual me preparé con nerviosismo de quinceañera o solterona urgida… Para el cual pedí ropa prestada a una prima (de varias tallas menos que la mía), destacando mis tetas tímidas ante el público, pero depravadas en la intimidad. Allá fui, cual oveja acicalada, a servirme a la cueva del lobo.

Del sector de la UES, en aquel entonces y de noche, el tráfico no era grave. Estamos hablando de media hora, a lo sumo 45 mimutos hasta la residencial privada, de portones privados, con vigilantes privados: “pase, la están esperando“.

Y el corazoncito, que ya para ese momento se hacía pulsar en otras partes del cuerpo, era una bomba de tiempo.

No resolví los problemas psicológicos con mi padre, y mucho menos con mi madre, de modo que aún tengo pendiemte determinar por qué he sido tan enamoradiza y tonta. Pasé del amor platónico y grave con mi vecino a fijarme en lo cheros del salón de clase en primer año de Bachillerato –cuando debuté en el colegio mixto– o a enredarme en amoríos de poca, mediana o alta trascendencia en el submundo de la sala de redacción del periódico en el que trabajaba.

Varios de esos desórdenes, de esos que se hacen las víctimas por padecer la soledad matrimonial bien acompañada y tienen la habilidad de dormirse a una pajarita traviesa con aquello de que: “amo a mi mujer pero no estoy enamorado de ella“.

Imprudente, por andar queriendo vivir de prisa, la vida me cobraría más tarde, motivo de sobra para otro post.

Entré. Vi el pequeño auto estacionado, un poco deslucido, al lado de los vecinos. Me estacioné y pasé al elevador. Vuelta a la izquierda, si mal no recuerdo, un pasillo con jarrones de flores secas, algún espejo quizá.

No hubo cena. Quizás vino. Y en el mejor de los casos, ron Flor de Caña… ¡Y una vista al volcán impresionante! Nuestro volcán es tan democrático que, cuando explote, nos vamos a la mierda todos. Pero dejemos la mierda y volvamos a ese momento, ese preciado momento en que ya no podés retroceder, ese momento cuando sabés que vas a coger, que te van a coger. Y que es la primera vez. Y que es un hombre que te gusta… Y que es un misterio cómo las estrellas se alinearon para permitir el momento.

Yo recién había vuelto de un viaje de trabajo en Estados Unidos y recuerdo haber tenido una conversación por chat:

–¿Querés que te lleve algo?
–Sí. Una cajita de vitaminas de esas que venden en los aeropuertos y un libro.

Quizás el libro es mi invento, a lo mejor ni lo pidió. O soñé con que me lo pidió. Lo cierto es que el aeropuerto de Houston es tan grande que me entretuve demasiado buscando un libro que me hiciera parecer inteligente. Anderson Cooper e Iraq parecieron adecuados para alguien que prometió recopilar sus andanzas periodísticas de guerra.

No sé si lucí mi inteligencia y si acaso leyó alguna vez el libro, porque nunca lo supe. Lo que importa es el pretexto, la casualidad creada para coincidir a solas con ese hombre que siempre me ha gustado. Entonces y ahora.

Los hombres deberían aprender que en la primera cita TODOS son un desastre en la cama: mucho guaro, o poco; mucha comida, o poca; mucha timidad o poca vergüenza. Se les para demasiado o no se les para… Lo que cuenta es la expectativa.

Es difícil tener un orgasmo con un desconocido… Alguien que no sabe cómo y a dónde te gusta que te toquen, lo que hay que hacer para venirte –real o fingidamente–, si es muy grande o muy pequeña, si huele o apesta, si querés que mejor termine, se vista y se vaya. Quizás lo ves todos los días en la oficina, en la universidad… Hasta tu amigo con derechos se ve raro en el primer polvo.

Del silencio pasamos a la música, de la terraza a los besos y de la timidez a la lujuria.

– ¡Qué gusto tenerte en mi cama!– dijo.

Y yo feliz de fingir, de acabar, de creer que al fin habíamos coincidido en las rutas paralelas de nuestra vida.

El alba alumbró mi regreso a casa, del poniente al sur de San Salvador. Un polvo de una noche que me ha durado siete años.

Share Button