Hace un par de días leí en una revista un par de artículos de una excelente columnista. Ambos abordaban el tema del orgasmo. Uno de ellos se titulaba “Fingir o no fingir, he ahí el orgasmo (Manual de uso)” y el otro “¿El santo grial del sexo?“.

Les recomiendo las dos columnas. Ambas son lo suficientemente ilustrativas como para ponerlos a pensar seriamente en el tema, como lo hice yo. Y es que leyéndolas rescaté algunos pensamientos que tengo respecto al orgasmo.

Debo decir, para que me comprendan un poco, que nunca fui una mujer fácil de complacer. Y los orgasmos, en mi caso, tardan en llegar; aunque cuando llegan suelen ser memorables.

Son pocas las personas que han logrado “hacerme acabar” y que han disfrutado del espectáculo de verme revolviéndome entre las sábanas, aferrándome a la orilla de la cama y gritando mientras pido más.

Y es que esos pocos hombres (o mujeres) han llegado a tocar los puntos clave que, de una u otra forma, me hacen explotar. Pero hay algunos otros que no han corrido con tanta suerte y han tenido que quedarse con mi mejor actuación de un orgasmo fingido.

Las razones por las que una mujer no llega a alcanzar un orgasmo son diversas y seguramente mentiría si intento darles cátedra acerca de eso. Así que me limito, como siempre, a hablar desde la propia experiencia o de lo que mis amigas muy amablemente me han compartido (aunque no pueda comprobar su veracidad).

Sucede en muchas ocasiones que la otra persona está más concentrada en ser complacido, en mostrar su potencia sexual, en lo fuerte, rápido o duro que puede coger y se olvida que el placer debe ser mutuo y recíproco.

Lo cierto es que nos hemos anclado tanto en el tema del orgasmo y lo hemos convertido, como decía la columnista, en “el santo grial del sexo”, olvidándonos del proceso o del camino para llegar a él.

Tanta importancia le hemos dado al orgasmo que muchas mujeres hemos optado por fingirlo cuando no conseguimos alcanzar uno verdadero y esperamos esos momentos en los que nos damos placer a solas para experimentar alguno.

No voy a negarlo: he fingido orgasmos. Muchos.

Durante los primeros años de práctica sexual me encontré con hombres que pensaban que la penetración era la foma de hacerme acabar, así que cuando me aburría de ese entrar y salir de su pene, simplemente fingía un orgasmo. Esto muchas veces pareció excitar más a la otra persona y aceleró su propio orgasmo. Así yo me libraba de lo tedioso que se había vuelto el encuentro y él se quedaba con la sensación de haber logrado lo que pocos alcanzaban.

Pero me cansé. Quizá porque en algún momento llegó una u otra pareja sexual estable. Opté por intentar enseñarles el camino que me lleva a un orgasmo en lugar de fingirlo, algunas veces con mejores resultados que otras.

Y es que decidí que si un hombre (o mujer, no nos limitemos) quiere verme disfrutar de un orgasmo, tiene que ayudarme a llegar a él. No le voy a facilitar las cosas fingiendo.

Yo sé. Muchas seguramente enlistarán las ventajas de fingir un orgasmo, así que, desde mi punto de vista les digo las principales razones por las que, según yo, no deberíamos fingirlo:

  1. Dejamos al hombre con la sensación de haber sido el mejor en la cama cuando realmente no fue así. En caso de volver a coger con esa persona, pensará que haciendo lo mismo de la otra vez nos va a complacer y nos llevará nuevamente al orgasmo.
  2. Las mujeres nos quedamos con la frustración de no haber experimentado realmente ese placer.
  3. Si nunca intentamos conocer el camino para llegar a un orgasmo de verdad, nunca lo vamos a experimentar. No importa con cuántas personas lo intentemos.
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