Estábamos en mi casa. Llegó porque me sentía un poco enferma y quiso llevarme algo para comer y un par de medicinas. No esperaba verlo, así que estaba en mis peores pijamas, despeinada, con cara de insoportable y el ánimo peor.

Estuvimos viendo películas en mi sofá. Él hablaba de todo y nada mientras yo solo pensaba en que se veía guapísimo y yo no podía ni siquiera respirar por la maldita gripa.

Cuando estornudé y el cabello me quedó en la cara, se acercó un poco para hacerme una coleta con sus manos y preguntarme si necesitaba algo. Me moví un poco hacia él para apoyarme y me abrazó. Yo, en serio, no sabía ni dónde estaba sentada. La medicina me tenía mareada.

Supongo que se apiadó de mí porque me abrazó un buen rato. Me sobaba la espalda, me acariciaba la frente, me tocaba el cuello buscando calentura… y vaya que la encontró: me besó de la forma más suave que pudo.

De inmediato pensé que si me besaba con lengua, terminaríamos los dos en la cama… ¡Qué vergüenza que me besara con esa cara, olor a mentol y esa pijama de perritos con pijama! Pero no me moví. Dejé que me besara como quisiera, hasta donde quisiera. No hice nada para arreglarme o detenerlo.

Voy a revisar que no tengas fiebre”, me dijo mientras recogía mi cabello con sus manos y me besaba a ambos lados del cuello. Sentí su mano subiendo por mi espalda hasta llegar a la mitad y apretarme hacia su boca. Así como me sentía y este hombre que me encantaba estaba dispuesto a marearme aún más que la medicina para el catarro.

Con la misma suavidad que me besaba, me subió los brazos para sacarme la camiseta y me tapó rápido con la manta que teníamos sobre el sofá. Me sacó el pantalón del pijama, se puso bocarriba y me acostó sobre él.

¿Sigues aquí?”, me preguntó, riendo, sabiendo que apenas respiraba. Le respondí con besos en su cuello y los hombros. Qué delicia besarle las manos que a veces sentía en las nalgas y otras veces en mi espalda. Yendo y viniendo como si calmaran a un animal asustado.

Cuando le estaba quitando el cincho y abriendo el botón de su pantalón, cerré los ojos y no pude moverme más. Estaba al borde entre tanto ir y venir. Me volvió a abrazar y se acostó sobre mí. “Yo me encargo, tranquila”, me dijo al oído, poniendo parte del cabello detrás de mi oreja.

Recuerdo que sonreí al sentirlo besar mis pezones (que estaban fríos). Sentía el contraste de su aliento tibio y su lengua húmeda. Me besó con mucha calma. Su mano me acariciaba las piernas para abrirse paso en mi ropa interior hasta sentir sus dedos dentro. Pensé que me mordería; pero fue lo más tranquilo en su tarea de hacerme sentir mejor.

Acostada se me tapaba más rápido la nariz y le pedí que se moviera. Se sentó y yo sobre él. Me apoyé en el respaldo del sofá, apretándolo con mi cuerpo. Me besaba los senos con mucho cuidado, mientras sus manos en mis caderas guiaban el movimiento como él quería. Arriba y abajo y en círculos. Arriba y abajo y luego en círculos.

Respiraba por la boca del placer que me causaba sentirlo en mí. Verlo con su mirada de cómplice. Cerrar los ojos para sentirme cuando bajaba y él podía llegar más adentro.

Me abrazó mil veces, apretándome de los nervios. No me di cuenta cuando terminó, porque nos quedamos así un buen rato. Me cubrió de nuevo con la manta y me quedé acurrucada entre esos brazos que no me cansaba de lamer.

– “¿Quieres acostarte?”, me preguntó, acomodando una almohada con su brazo.

– “No quiero moverme”, confesé, sin despegar mi cara de su hombro ni mis rodillas del sofá.

– “¿Te sientes bien?”

– “Mejor. Gracias por la medicina”.

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